Las típicas formas defensivas de los soberbios

PorCarlos Allo

Oct 1, 2014

lanata01¿Quién, acaso, le iba a impartir un castigo a Jorge Lanata por el error? Plantearlo por allí sería caer en el mismo pecado del periodista. ¿En qué consiste el problema, entonces? ¿De qué estamos hablando realmente? Veamos.

El programa Periodismo Para Todos estaba dedicando su edición del domingo 28 de septiembre a los malos resultados de la educación. Digamos, una fórmula televisiva fácil, que consiste en hacerles preguntas a jóvenes argentinos, gente en edades de escuela secundaria y de universidad, sobre temas básicos y de los que, se sabe, en su gran mayoría detentan una ignorancia que llega a causar risa por los niveles de confusión y hasta cierto reconocimiento de valentía al notar que dan respuestas tan ridículas y al mismo tiempo desalentadoras .

En un determinado momento se da lectura a una parte del cuestionario que Lanata y su producción plantearían a los jóvenes, pero que en realidad no formó parte de ninguno de los bloques en video en los que se veía a los alumnos responder alegremente sin saber nada. El conductor leyó la pregunta «¿quién fue el autor de Don Segundo Sombra?» y -sin aclarar que la respuesta era Ricardo Güiraldes- se introdujo, con toda convicción y a paso firme, en el recitado de los famosos versos del Santos Vega de Rafael Obligado, como si se tratara del texto de Don Segundo Sombra, la obra literaria en cuestión.

Yendo al detalle, Lanata, en medio de la catarata de observaciones acerca de los errores de los estudiantes, dijo esto: «Don Segundo Sombra…  cuando la tarde se inclina sollozando al occidente, corre una sombra doliente sobre la Pampa Argentina».

La verdad es que, comprendiendo esto desde la mirada de un profesional de radio con 32 años de carrera y que permanentemente se equivoca, tanto hablando como escribiendo, no hay demasiado para marcar acerca del error en sí mismo. Personalmente, ya he juntado varias horas pidiendo perdón a los oyentes por:

– errores en información

– atrasos en anuncio de premios

– equivocaciones múltiples de fechas y datos.

Entonces… ¿dónde está el drama?

En ningún lado excepto que no está bien que el error quede flotando. Es necesario corregir. Pero, ¿Lanata lo hizo? Digamos que sí, pero su soberbia y su ego neroniano no soportaron asumir el costo del error y se lo endilgaron a supuestos terceros justicieros de la cultura. El herido maestro ciruela, tras hacer notar  que el solo hecho de conseguir comunicarse con un canal de TV es un proceso complejo, escupió un: «hay un montón de boludos que llaman para corregirme a mí ‘en cambio’ (sic) de hablar del programa, que es el quilombo en la educación… me equivoqué, sí… ¿y ahora cómo seguimos? ¿Qué hago? ¿me prendo fuego? a ver… dame un bidón de nafta… qué! ¿todo lo que decíamos es mentira porque era Santos Vega (en vez de Don Segundo Sombra)…?»

No, no es así. Es una pena, pero los periodismos militantes están cada vez más cerca de la diversión de pasar el plumero que levanta siempre la misma tierra, la que luego vuelve a caer y más lejos de dejar encendido un foco para la guía formativa de los ignorantes. Nadie iba a plantear que Lanata era el pecador que señala los pecados ajenos. Nadie iba a decirle que él no tiene «autoridad moral» o «conocimientos suficientes» como para hacer un programa de diagnóstico educativo en la Argentina. Nadie lo invitaba a que se prenda fuego. Lo único que hizo esa gente fue decir que los versos que el conductor recitó velozmente frente a cámara no correspondían a «Don Segundo Sombra» sino a «Santos Vega». Y está bien. Está bien que se lo corrijan. ¿O qué pretende Lanata? ¿que se lo dejen pasar en nombre de que su programa está dedicándose a dar a entender lo mal que está la educación?

El protagonista de la arrogancia

Sí, ya se sabe que Lanata pretende ocupar su tiempo de entretener, influyendo sobre el no pensante para que repita su discurso contra el gobierno, del mismo modo en que el programa kirchnerista «6 7 8», aplicando la misma fórmula, pretende políticamente lo contrario, con la extraña diferencia de que algunos de sus seguidores se creen diferentes a los de Lanata en cuanto a su condición de no pensantes. De todos modos, la soberbia de los miembros del espacio oficialista de la TV Pública, bastante elevada de por sí, aún no llegó a los estándares del fundador de Página 12, antiguo aceptable compañero del suscripto y que al paso del tiempo enfrentó con admirable éxito importantes desafíos. Se ubicó en la mejor de la butacas para enfrentar el porvenir: la del deseo de cumplir con su propio anhelo profesional. Y cumplió. Eso lo varió en diversos influyentes púlpitos, hasta tomar bien las riendas del más popular, la televisión. Ninguno de esos ni otros méritos que lo enaltecen pudo barrer con una personalidad desagradable a la hora de dar a terceros algún reconocimiento que no venga de sus caprichos, por amistad, cercanía ideológica o fuertes intereses que lo vulneren.

No se me ocurrió llamar, porque no llamo ni en pedo a un canal de TV aunque estén hablando mal de mí. Pero utilicé en la intimidad la frase «el que tiene boca se equivoca», un antiguo refrán que da reconocimiento a los que se ponen en marcha con las cosas en la vida y asumen el riesgo, frente a los que se quedan de brazos cruzados. Recuerdo que al refrán, mi madre le agregaba un apéndice de moda en otros tiempos: «y el que el corrige es un abriboca», como advertencia para quienes siempre están dispuestos a encontrar el error ajeno. Parece que este domingo pasado, según Lanata, hubo muchos «correctores»  que también arriesgaron a que se los tilde de «abriboca», pero lo sorprendente fue que el pago por la corrección fue que les dijeran «boludos».  Igual, de poesía gauchesca no aprendimos nada. De nadie.

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