{"id":6701,"date":"2014-07-30T03:38:47","date_gmt":"2014-07-30T06:38:47","guid":{"rendered":"http:\/\/diario5.com.ar\/?p=6701"},"modified":"2014-09-02T04:02:53","modified_gmt":"2014-09-02T07:02:53","slug":"manuel-bernardez-1871-la-fiebre-amarilla","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.diario5.com.ar\/es\/manuel-bernardez-1871-la-fiebre-amarilla\/","title":{"rendered":"Manuel Bern\u00e1rdez &#8211; 1871 &#8211;\u00a0La fiebre amarilla"},"content":{"rendered":"<h2 class=\"sub-title-primary\"><\/h2> <p><em>Por primera vez en toda la red, la cr\u00f3nica en tiempo real que faltaba acerca de la m\u00e1s tr\u00e1gica epidemia de la historia de la Ciudad de Buenos Aires. Manuel Bern\u00e1rdez, por momentos, es muy realista. Los tiempos y espacios no indican necesariamente la coetaneidad del autor con la desgracia descripta. Sin embargo, bien pudo haber recogido testimonios a lo largo de muchos a\u00f1os, debido a la edad infantil de Bern\u00e1rdez en el momento cr\u00edtico y\u00a0a su ausencia, ya que parti\u00f3 de Espa\u00f1a hacia Sudam\u00e9rica reci\u00e9n en 1873, cuando ten\u00eda 6 a\u00f1os. \u00a0Alvaro Ab\u00f3s y el diario El Tribuno, de Salta lo dan por Gaditano, mientras que la inefable wikipedia lo tiene por nacido en Vilagarc\u00eda de Arousa, Galicia. Gallego o andaluz, nos leg\u00f3 un gran relato. A disfrutarlo. Carlos Allo.<\/em><\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2014\/09\/fiebreamarilla.jpg\"><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" class=\"wp-image-6702 alignright\" src=\"http:\/\/diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2014\/09\/fiebreamarilla.jpg\" alt=\"fiebreamarilla\" width=\"354\" height=\"430\" srcset=\"https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2014\/09\/fiebreamarilla.jpg 204w, https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2014\/09\/fiebreamarilla-160x194.jpg 160w\" sizes=\"(max-width: 354px) 100vw, 354px\" \/><\/a>Durante dos meses, la fiebre amarilla hab\u00eda azotado el Paraguay \u2014y luego Corrientes\u2014sin conmover mucho a Buenos Aires. A mediados de enero empezaron a circular aqu\u00ed rumores alarmantes; pero un m\u00e9dico demostr\u00f3 \u2014en los diarios, que todo lo sufren\u2014 que s\u00f3lo se trataba de una fiebre icteroide. Hasta que, a principios de febrero, se denunci\u00f3 netamente la presencia del v\u00f3mito negro en el barrio de San Telmo. El joven doctor Wilde, nombrado m\u00e9dico de los pobres en aquella parroquia -y que se port\u00f3 admirablemente durante la epidemia\u2014, cre\u00f3 un lazareto en el sur e hizo desalojar las manzanas inficionadas. Pasaron algunos d\u00edas; y, afirm\u00e1ndose por los diarios que el mal estaba \u201cdominado\u201d, las \u00fanicas comisiones que en esa semana trabajaron \u201cfebrilmente\u201d fueron las del carnaval. Aunque numerosos casos espor\u00e1dicos hab\u00edan sido comprobados en varios puntos de la ciudad, no pudieron contenerse los excesos carnavalescos. Con todo, los cascabeles de Momo, como entonces escrib\u00edan los gacetilleros, no lograron apagar los dobles de las campanas; y el domingo 26, dedicado al \u201centierro\u201d del carnaval, los que positivamente resultaron enterrados, fueron veinte y tantos calenturientos. Se suspendi\u00f3 la apertura del Colegio Nacional y de las escuelas. Asimismo, no cejaba a\u00fan el esp\u00edritu de indolencia e incuria; para disfrazar la inercia edilicia, se estableci\u00f3 que la enfermedad \u201csin car\u00e1cter epid\u00e9mico ni quiz\u00e1s contagioso\u201d, estaba circunscrita a los barrios de San Telmo, San Crist\u00f3bal y Concepcl\u00f3n. ceb\u00e1ndose all\u00ed mismo \u201cs\u00f3lo en los conventillos\u00bb. Pero la realidad abofeteaba el optimismo aristocr\u00e1tico; ca\u00edan ya v\u00edctimas, si bien aisladas todav\u00eda, en otros puntos que los citados y en otros grupos que los proletarios. La epidemia ganaba terreno diariamente.<\/p>\n<p>La poblaci\u00f3n, desprovista de municipalidad regular, librada a una comisi\u00f3n desautorizada, emanaci\u00f3n de un gobierno provincial sin energ\u00eda ni prestigios, se sent\u00eda desamparada, inerme ante el peligro&#8230;<\/p>\n<p>Entonces, al solo impulso de la prensa y con acuerdo general, prod\u00fajose un movimiento de solidaridad popular&#8230; H\u00e9ctor Varela, pues, discurri\u00f3 esta heroica \u201corionada\u201d: juntar al pueblo en la plaza de la Victoria, para que de ese plebiscito surgiera una junta de salud p\u00fablica que asumiese la defensa sanitaria del municipio. As\u00ed naci\u00f3, el 14 de marzo, la \u201cComisi\u00f3n Popular\u201d que, anunci\u00e1ndose con tales or\u00edgenes como una behetr\u00eda, result\u00f3 ser, a pesar de los inevitables abusos y errores, un n\u00facleo de fortaleza y cohesi\u00f3n, una fuente abundante de auxilios materiales, y, sobre todo, un llamamiento incesante y eficaz \u2014pues dispon\u00eda de la prensa un\u00e1nime a la caridad p\u00fablica y al cumplimiento del deber. Figuraban en la lista aclamada los nombres m\u00e1s respetados o queridos de Buenos Aires: era presidente el en\u00e9rgico Roque P\u00e9rez, que cay\u00f3 al pie de su bandera humanitaria; eran vocales: Adolfo Alsina, Carlos G\u00f3mez, Guido y Spano, Irigoyen, Mitre, Quintana, etc. Verdaderos <em>tribuni plebis<\/em>, sin mandato oficial, sin relaci\u00f3n, al principio, con el gobierno, al que no atacaban ni acataban, llegaron los comisionados populares a concentrar en sus manos todos los medios de resistencia contra el flagelo. Fue una dictadura de beneficencia, con las formas draconianas que las circunstancias exig\u00edan. La prensa vino a ser el pretorio de esa justicia expeditiva: pedestal de los generosos o valientes, picota de los ego\u00edstas y desertores. Un miembro de la comisi\u00f3n fue p\u00fablicamente destituido por faltar a tres sesiones consecutivas. Se devolvi\u00f3 con afrenta a cierto millonario antonom\u00e1st\u00edco su \u00f3bolo irrisorio. Imperaba una arbitrariedad obsidional, el r\u00e9gimen implacable de una plaza sitiada: <em>Salus populi, suprema lex.<\/em><\/p>\n<p>Gradualmente. desde mediados de marzo, el cuadro fue cobrando cada vez tintes m\u00e1s sombr\u00edos. La mortalidad crec\u00eda al paso que la ciudad se despoblaba. El \u00e9xodo se hizo general cuando se comprob\u00f3 que, al contrario del c\u00f3lera reciente, la fiebre no se alejaba de la costa, quedando indemnes las regiones mediterr\u00e1neas. Por el consumo de la poblaci\u00f3n, se deduce que, a fines de dicho mes, \u00e9sta no alcanzaba a sesenta mil almas; solamente en abril, pasaron de ocho mil las defunciones: cerca del 14 por ciento. Como en un gran cuerpo herido que va perdiendo por partes el calor vital, en la ciudad enferma, uno por uno, los \u00f3rganos activos rehusaban el servicio. Despu\u00e9s de los sospechosos saladeros, que de orden superior interrumpieron sus faenas, fueron cerrando sus puertas, por falta de elementos, las principales f\u00e1bricas. Cada d\u00eda se\u00f1alaba un nuevo paro. Siguiendo a las industrias, se paralizaron las instituciones. En abril, hab\u00edan dejado de funcionar sucesivamente: las escuelas y colegios, los bancos, la bolsa, los teatros, los tribunales, la aduana, etc. Los gobiernos nacional y provincial decretaban la feria de sus oficinas, fuera de no dar personalmente el presidente ni el gobernador, ejemplo de hero\u00edsmo. Los pocos peri\u00f3dicos que pudieron subsistir sal\u00edan por tanda. Las casas de negocio se entreabr\u00edan algunas horas; ciertas provisiones escaseaban en los mercados; y la poblaci\u00f3n entera hubiera sufrido el hambre, a no sobreponerse a todo la otra <em>sacra fames<\/em>, superior al terror de la muerte. Durante una semana, las lluvias diluvianas acrecentaron las escenas de horror: los \u201cterceros\u201d del sur, torrentes callejeros, nos ense\u00f1aban brutalmente las miserias de los suburbios inundados, arrastrando en su carrera airada por los barrios centrales, maderajes, muebles, detritos de toda clase, hasta cad\u00e1veres. La poblaci\u00f3n, m\u00e1s que diezmada, hab\u00eda dejado de contar sus desaparecidos. Ya no eran coches f\u00fanebres los que faltaban y ten\u00edan que suplirse con carros abiertos, sino carreros que aceptasen la espantosa tarea. Intereses, deberes, v\u00ednculos sociales y acaso carnales: todo se hab\u00eda destemplado y relajado en ese general menoscabo de la vida&#8230; Por centenares sucumb\u00edan los enfermos, sin m\u00e9dico en su dolencia, sin sacerdote en su agon\u00eda, sin plegaria en su f\u00e9retro. Tal era el p\u00e1nico reinante, que un escribano cobr\u00f3 fama y dinero comprometi\u00e9ndose p\u00fablicamente a realizar esta haza\u00f1a jocomacabra; redactar testamentos, aun de \u201cfebr\u00edfugos\u201d (\u00a1sic!). En la ciudad desierta, casi sin polic\u00eda, la bestia humana, suelta, rondaba las calles, husmeando la presa. A veces el crimen no esperaba la noche, su habitual c\u00f3mplice: los diarios dieron cuenta de asaltos perpetrados en pleno d\u00eda, en la calle Florida. Andaban bandidos disfrazados de enfermeros: y se denunci\u00f3 con horror el caso de un m\u00e9dico \u2014extranjero\u2014 \u00a0que rob\u00f3 9.000 pesos.<\/p>\n<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<\/p>\n<p><em>Manuel Bern\u00e1rdez (C\u00e1diz 1867\u2014Montevideo 1942). Escritor, diplom\u00e1tico y pol\u00edtico uruguayo, vivi\u00f3 doce a\u00f1os en la Argentina y escribi\u00f3 los libros De Buenos Aires al Iguaz\u00fa (1901) y La Naci\u00f3n en marcha (1904) del que se ha tomado \u201cLa fiebre amarilla\u00bb.<\/em><\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por primera vez en toda la red, la cr\u00f3nica en tiempo real que faltaba acerca de la m\u00e1s tr\u00e1gica epidemia de la historia de la Ciudad de Buenos Aires. Manuel Bern\u00e1rdez, por momentos, es muy realista. Los tiempos y espacios no indican necesariamente la coetaneidad del autor con la desgracia descripta. 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