{"id":602504,"date":"2019-10-26T11:10:09","date_gmt":"2019-10-26T14:10:09","guid":{"rendered":"http:\/\/diario5.com.ar\/?p=602504"},"modified":"2019-10-26T21:33:35","modified_gmt":"2019-10-27T00:33:35","slug":"los-robos-aen-la-buenos-aires-del-s-xviii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.diario5.com.ar\/es\/los-robos-aen-la-buenos-aires-del-s-xviii\/","title":{"rendered":"Los robos en la Buenos Aires del S. XVIII"},"content":{"rendered":"<h2 class=\"sub-title-primary\"><\/h2> <figure id=\"attachment_7160\" aria-describedby=\"caption-attachment-7160\" style=\"width: 610px\" class=\"wp-caption alignright\"><a href=\"https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2015\/02\/pregonero1.jpg\"><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" class=\"wp-image-7160\" src=\"http:\/\/diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2015\/02\/pregonero1-300x225.jpg\" alt=\"pregonero1\" width=\"610\" height=\"457\" srcset=\"https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2015\/02\/pregonero1-300x225.jpg 300w, https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2015\/02\/pregonero1-400x300.jpg 400w, https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2015\/02\/pregonero1-260x195.jpg 260w, https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2015\/02\/pregonero1-160x120.jpg 160w, https:\/\/www.diario5.com.ar\/wp-content\/uploads\/2015\/02\/pregonero1.jpg 640w\" sizes=\"(max-width: 610px) 100vw, 610px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-7160\" class=\"wp-caption-text\">Momento en que se daba lectura a un Bando<\/figcaption><\/figure>\n<p><em>Para cuando fue escrito <\/em><strong>En la corte del Virrey<\/strong><em>, de Arturo Capdevila -argentino modelo por donde se lo pretenda auscultar-\u00a0 nadie pod\u00eda imaginar el derrotero del delito en esa ciudad que se estrenaba como cabecera de un virreinato. Ingresemos en ese universo maravillosamente po\u00e9tico y rico del escritor cordob\u00e9s, estrenando para internet una perla de su pluma.<\/em><\/p>\n<p>Ni\u00f1a, \u00e9ntrate. La noche se ha vuelto capa de pecadores. Y es que la Ciudad estaba espantada, en ese a\u00f1o de 1787.<br \/>\nUn ladr\u00f3n fin\u00edsirno andaba por Buenos Aires, llenando con sus incre\u00edbles robos las cr\u00f3nicas, asombrando las tertulias, aterrando los corrillos, desesperando a las rondas, excediendo a todas las posibles historias del tiempo, con insoportable disgusto del se\u00f1or virrey.<\/p>\n<p>Realmente era inaudito. Buenos Aires no hab\u00eda nunca sabido de nada igual. Robos jam\u00e1s imaginados dejaban azorados a los vecinos, at\u00f3nito al virrey, p\u00e1lidos a los alcaldes. Todo desaparec\u00eda: joyas y telas, pedrer\u00eda y plata, ropas de mujer y de hombre y sobre todo, dinero. D\u00eda por d\u00eda verificaba el vecindario que as\u00ed como por arte de birlibirloque hab\u00edase desvanecido alguna alhaja del cofre mejor cerrado.<\/p>\n<p>Tantas y tan repetidas substracciones determinaron que se diese estrech\u00edsimo bando, como de tiempo de guerra y plaza sitiada, prohibiendo que nadie anduviese en horas de la noche por la ciudad fuese noche de luna, as\u00ed no- sin llevar luz de farol o linterna.<br \/>\nY dec\u00eda con clamor por las calles el pregonero:<br \/>\n\u201cBando. Ninguna persona deber\u00e1 andar por las calles de noche, a caballo, despu\u00e9s de la batida de retreta en la Plaza, hasta que se toque la diana en e1 Fuerte al amanecer, no siendo con el forzoso motivo de llegar de afuera o de hacer viaje para alguna parte; debi\u00e9ndose por las que salgan de ronda, por los alcaldes de barrio, patrullas militares u otros comisionados aprehender a cualquiera que no siendo persona conocida induzca en sospecha\u201d.<\/p>\n<p>Cumpli\u00f3se en todas sus partes el bando; priv\u00f3se la gente en lo sucesivo de la Comodidad tan buscada del Caballo a la puerta para la nocturna tertulia; todo fue andar a pie, aun en las noches m\u00e1s negras, por esas calles que eran m\u00e1s bien precipicios que usaba entonces Buenos Aires. \u00bfY Cu\u00e1l fue el alivio? Como si la Ciudad estuviera encantada, como si los duendes se hubieran apoderado de ella, no hab\u00eda cosa de valor que no siguiera esfum\u00e1ndose de la noche a la ma\u00f1ana. Asunto ya no para sabuesos polic\u00edacos sino para Confesores y exorcistas parec\u00eda ser \u00e9ste.<br \/>\nComo fuese a peor la mejor\u00eda, hubo de darse nuevo bando, aun m\u00e1s estrecho que el otro.<br \/>\nA previo toque de tambor lo pregonaron:<br \/>\n\u201cBando. Despu\u00e9s de batida la retreta no podr\u00e1 persona alguna, sin excepci\u00f3n ni de la m\u00e1s privilegiada -sea eclesi\u00e1stico O secular- salir por las calles sin llevar luz. Y hall\u00e1ndosele sin ella, sea el que fuese, ser\u00e1 conducido a la C\u00e1rcel. Y desde las 12 en adelante, ni con luz ni sin ella, podr\u00e1n andar m\u00e1s de dos personas juntas\u201d.<\/p>\n<p>Tampoco trajo mejor\u00eda el nuevo edicto.<\/p>\n<p>\u00bfSer\u00edan los los soldados de infanter\u00eda, o bien esclavos huidos, los autores de tan audaces rapi\u00f1as?<\/p>\n<p>Los mal pensados daban a entender que de seguro se trataba de apa\u00f1ados de la autoridad, al paso que los m\u00e1s prudentes se reduc\u00edan a Opinar&#8230; que era el progreso.<\/p>\n<p>-Como ya somos virreinato&#8230; como ya somos Corte&#8230;<br \/>\n-Naturalmente -asent\u00eda otro-, Al ruido de la vida mundanal, solo llegan los que medrando al abrigo del lujo, tornan de m\u00e1s en m\u00e1s Corrompidos los tiempos. \u00bfY asombrar\u00e1 que haya ladrones de manos tan sutiles? \u00a1Buenos est\u00e1n los a\u00f1os que corren! \u00a1Que! \u00bfNo tenemos ya hasta peluquero franc\u00e9s?<br \/>\nEn efecto. A los habituales barberos del Plata, modestos, modest\u00edsimos, con su par de jofainas y no muy variados perfumes, hab\u00eda venido a agregarse todo un se\u00f1or peluquero, el m\u00e1s fino de los F\u00edgaros, maestro peluquero de manos en verdad prodigiosas, incomparable en el arte de componer peinados de se\u00f1ora, mientras, con verba f\u00e1cil y sobre f\u00e1cil, feliz, narraba alguna linda historia de extranjis.<\/p>\n<p>Era decidor. Era gentil. Contaba cosas de Francia, de la Pen\u00ednsula y del \u00c1frica. All\u00ed se se\u00f1al\u00f3 su m\u00e9rito en el real servicio, soldado de la expedici\u00f3n de Argel, donde tuvo la honra de parte del cuerpo de guardias wallonas y de recibir peleando dos heridas de fuego. Un a\u00f1o y medio sirvi\u00f3 all\u00ed banjo los reales pendones como el m\u00e1s pundonoroso, hasta que se vino al estas partes de Am\u00e9rica, por las buenas noticias que de ellas le diera un primo hermano suyo, Cirujano del ej\u00e9rcito en los Patagones.<\/p>\n<p>Estaba Casado, para mejor, con mujer espa\u00f1ola, bonita: Mar\u00eda del Castillo, Cuyo del algo sonaba, Y ten\u00eda tres tiernas Y encantadoras ni\u00f1as. \u00bfQui\u00e9n m\u00e1s simp\u00e1tico que el maestro peluquero? En todas las casas linajudas y ricas, ten\u00eda franca la entrada; y si por ventura no estaba la Cliente, era el maestro, de los de esperar en el recibimiento. Y all\u00e1 entraba el con su chaleco Y sus pu\u00f1os de encaje.<\/p>\n<p>Y un d\u00eda Sucedi\u00f3 lo inesperado. cu\u00e1l no hubiera sido la emoci\u00f3n de Juan Mar\u00eda Guti\u00e9rrez de Conocer los amarillentos expedientes que yo he tenido la melanc\u00f3lica Suerte de descubrir, donde todo esto se narra).<\/p>\n<p>Un jueves, del mes de Octubre, el maestro peluquero (cuyo nombre no era Otro que el de Jos\u00e9 Levant) hall\u00e1base en el Caf\u00e9 m\u00e1s concurrido, merendando con un camarada, cuando sac\u00f3 su resplandeciente reloj de Oro, si no por ver la hora, qui\u00e9n sabe si \u00fanicamente por darse aires de ricach\u00f3n. Pero mala cosa es de veras la vanidad. Y hubo de costarle cara esa vez al vanidoso; pues un parroquiano que por acaso estaba en una pr\u00f3xima mesa, como vio el reloj se dijo: Yo conozco esta prenda. Y mas: La reconozco por m\u00eda.<\/p>\n<p>Hubiera llamado al punto a la autoridad el interesado, pero el predicamento de que gozaba Levant lo Contuvo, \u00bfC\u00f3mo hacerle tama\u00f1a afrenta all\u00ed en p\u00fablico? Prefiri\u00f3 el parroquiano poner simplemente la denuncia ante la justicia, por lo que all\u00ed resultare. Lo hizo. Entonces fue llamado Levant, que lleg\u00f3 muy se\u00f1or su Capa azul espa\u00f1ola con vueltas de terciopelo Carmes\u00ed. Tra\u00eda el reloj consigo y preguntado acerca de d\u00f3nde lo hubo, dijo que un catal\u00e1n se lo hab\u00eda vendido. Eso fue todo. Se labr\u00f3 el acta de rigor y Jos\u00e9 Levant estamp\u00f3, lleno de dignidad, aquella su firma breve, clara, elegante. Con esto y las disculpas por haberle molestado, torn\u00f3 a su casa el maestro peluquero. Tranquiliz\u00f3 a su mujer con una sonrisa, bes\u00f3 a sus hijas y a Cenar a gusto como todas las noches.<\/p>\n<p>Prendido poco despu\u00e9s un cierto Danz -el catal\u00e1n que dijera el declarante- y preguntado y repreguntado con met\u00f3dica astucia y directa amenaza de suplicio pr\u00f3ximo, pronto se confes\u00f3 adquirente de alhajas que le revendia Levant y Comisionado suyo.<\/p>\n<p>-\u00bfAdquirente? \u00bfY de qu\u00e9 modo? \u00bfComisionado? \u00bfY de qu\u00e9 Clase?<\/p>\n<p>Quiso explicar; no pudo. Callar tampoco era posible. La inventiva de un brib\u00f3n nunca es muy f\u00e9rtil. M\u00e1s y m\u00e1s debi\u00f3 recostarse sobre la ineludible verdad, hasta que lo dijo todo. Lo dijo todo; y ante el asombro de los jueces empez\u00f3 a configurarse la culpabilidad del pr\u00edncipe de los F\u00edgaros. Y es que realmente lo dijo todo el Catal\u00e1n, incluso haber o\u00eddo a alguien que la mujer de Levant ten\u00eda una pollera del mismo g\u00e9nero de unas robadas.<\/p>\n<p>O\u00eddo que esto fue, orden\u00f3 inmediatamente su merced. el Oidor al teniente alguacil. mayor traer con toda seguridad y custodia y ya como 21 procesado, al incre\u00edble peluquero, previa inspecci\u00f3n de su Casa.<\/p>\n<p>Eran las nueve y media de la noche y de hecho dorm\u00eda Buenos Aires; pero all\u00e1 fue el despertar y el acudir a la casa de Jose Levant muchedumbre de vecinos. Hasta que le vieron salir en tan buena seguridad y Custodia que daba pena verle; y ya no a los hombros su Capa azul espa\u00f1ola con vueltas de terciopelo carmes\u00ed, tan vistosa, sino, a las mu\u00f1ecas, las ligaduras de los grandes malhechores.<\/p>\n<p>Era, dijimos, muy de noche y aun m\u00e1s tarde parec\u00eda en la c\u00e1rcel, cuandro entraron: que siempre es m\u00e1s de noche en las c\u00e1rceles. Adem\u00e1s aquella l\u00e1mpara del despacho vert\u00eda sobre la mesa del oidor una luz tan desvelada que envejec\u00eda las horas.<br \/>\n&#8211;Edad del acusado?<br \/>\n&#8211;Cuarenta y dos a\u00f1os.<\/p>\n<p>&#8211;\u00bfPatria?<br \/>\n&#8211;Francia.<br \/>\n-\u00bfOtros c\u00f3mplices?<br \/>\nNo estaba el Oidor para perder el tiempo y sus preguntas eran mortales.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mplices?<br \/>\nLa pregunta hace palidecer 21 Levant. Ciertamente no la esperaba tan resuelta. Piensa un punto en alguna evasiva. Pero el se\u00f1or Oidor frunce de tal modo el ce\u00f1o que seg\u00fan a las Claras se ve no est\u00e1 para interrogaciones Volanderas cuando en el contiguo sal\u00f3n se hallan muy a la mano los recursos del tormento. Y bien que lo merece el que tantas burlas hizo a la justicia.<br \/>\n-\u00bfOtros c\u00f3mplices?<br \/>\nPues bien: Gregorio el Teatino. El negro Manuel. El mulatillo Bonifacio. Un mulato cochero, llamado Juancho, poseedor de buena<\/p>\n<p>-Est\u00e1 bien. Seguiremos ma\u00f1ana. Por de pronto, al Calabozo con \u00e9l.<br \/>\nLa medianoche era por filo. No dormir\u00eda aquella noche Buenos Aires, con el asombro del suceso.<\/p>\n<p><em>Arturo Capdevila (C\u00f3rdoba, 1889-Buenos Aires, 1967). Poeta, narrador, dramaturgo y ensayista. Autor de m\u00e1s de Cien libros, entre ellos algunas novelas o cr\u00f3nicas hist\u00f3ricas sobre Buenos Aires, como En la corte del virrey (Buenos Aires, A.L.A., 1942), a la que pertenece este fragmento.<\/em><\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Para cuando fue escrito En la corte del Virrey, de Arturo Capdevila -argentino modelo por donde se lo pretenda auscultar-\u00a0 nadie pod\u00eda imaginar el derrotero del delito en esa ciudad que se estrenaba como cabecera de un virreinato. 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