El día en que los periodistas nos olvidamos de Cabezas

PorCarlos Allo

Ene 25, 2021

El 21 de diciembre de 1997, el camarógrafo chileno Manuel Gutiérrez perdió su ojo al explotar una bomba de estruendo en un partido en cancha de Vélez. Nadie reaccionó como correspondía. Adiós a un eslogan que parecía una bandera del periodismo.

Segundo petardo, mientras el camarógrafo Manuel Gutiérrez ya fue ubicado en una camilla

El conductor Santo Biasatti dejaba la pantalla doliente con su cierre del espacio «En Síntesis», cada noche, por Canal 13, durante todo 1997. Su despedida con la frase «No se olvide de José Luis Cabezas», formaba parte del lenguaje televisivo-político de una Argentina que aún no despertaba del espejismo menemista. El saludo era solemne, hímnico, abnegado y efectista. Pero era inconducente. Nada valioso, ni importante ni significativo para la sociedad podía obtenerse de esas medianoches en las que el apellido Cabezas parecía comenzar a ser usado de manera inadecuada. Terminó siendo contraproducente y no por culpa del conductor, a quien -por lo menos, algunos- lo veíamos bien intencionado, pero buena parte de la audiencia comenzó a percibir olor a hipocresía ratinguera y menguante sensación de solidaridad gremial desde la televisión.

José Luis Cabezas, reportero gráfico de la Revista Noticias, profesional emblemático para el aún latente periodismo cargado de ansias de libertad completa y que aún aspira a lograr una comunicación despojada de todo tipo de compromiso, murió asesinado en Pinamar, el 25 de enero de 1997, a manos de un grupo de policías bonaerenses acostumbrados a manejarse impunemente cuando -saltando el cerco- pasaban al terreno del crimen y volvían al quehacer policial, sin consecuencias. Todos recordamos que como consecuencia de la investigación iniciada tras el hecho, se desencadenó, el 28 de mayo de 1998, el suicidio del empresario Alfredo Yabrán, altísimamente sospechado de ser el instigador del homicidio, .

El policia Gustavo Prellezo, hoy abogado y bajo libertad condicional, asesinó a José Luis en una cava de las afueras de Pinamar, acompañado de otros efectivos de la bonaerense que forzaron al fotógrafo a arrodillarse para recibir dos disparos en la cabeza.

Biasatti fue el mascarón de proa de una campaña tácita que pretendía no dejar en la nada la investigación por la muerte de José Luis. Editorial Perfil, desde la Revista Noticias y otras de sus publicaciones, también motorizaba la lucha contra una impunidad que se presentaba como probable. Hacia junio de 1997, Alfredo Yabrán ya había generado revuelo dos veces en las puertas de los tribunales de Dolores, cuando le tocó declarar.

Hasta que llegó el día de una verdad no reconocida.

Todo un país había aceptado, durante once meses, que desde el periodismo le taladráramos la conciencia pidiéndole que no se olvide de Cabezas. y la noche del 21 de diciembre de 1997, en un River Plate vs. Argentinos Juniors, en cancha de Vélez, cuando faltaba poco para terminar el partido, una bomba de estruendo cae desde una tribuna y explota frente a la cara del camarógrafo chileno Manuel Gutiérrez. El efecto es demoledor: Gutiérrez perdió su ojo izquierdo.

Al instante de ocurrida tal desgracia, todos los reporteros gráficos, camarógrafos de TV y fotógrafos free lance presentes en el partido se abalanzaron sobre el árbitro con intenciones de que tome alguna decisión insoñable. Por supuesto, resultó débil. Sólo fue una corrida en la que parte de los reporteros continuaban tomando imágenes.

Cuando una fiesta se arruina, se arruina. Debió suspenderse el partido

En la transmisión de TV, cuando se observa que trasladan a alguien en camilla, el relator Marcelo Araujo y el comentarista Miguel «Tití» Fernández arriesgan una conjetura errónea considerando que el afectado fue un bombero.

Algo andaba mal en el reclamo. Y era que no había reclamo.

Cuando todo pasó, ya era tarde. Era ahí y en ese momento. Pero no fue. Perdimos la única oportunidad. Jamás se volvió a repetir. Nunca el periodismo tuvo un puente hacia la cima de la dignidad como esa noche, en la que un colega caía al lado nuestro y no en una cava. Lo estaban hiriendo en nuestras narices. Era ubicarnos todos del lado de la grieta contra la violencia. Pero se impusieron los deseos de los trogloditas de la tribuna y de los dueños del negocio del fútbol.

Faltaban seis minutos y Ríver se coronaba tricampeón, nada menos. Las tribunas ya celebraban con el resultado 1-1, ya futbolísticamente inamovible. Nadie fue lo suficientemente fuerte como para instar al árbitro Ángel Sánchez a que decida suspender el partido.

Como dato importante, el mes anterior, Javier Castrilli había suspendido un Estudiantes de La Plata – Ríver Plate a los 25 minutos del segundo tiempo por fallas en la seguridad del espectáculo, lo que habla claramente de que si Castrilli arbitraba el partido en el Estadio José Amalfitani, se habría conseguido un cierto dejo de justicia, porque, muy probablemente, él habría parado el partido al momento de la herida al camarógrafo Gutiérrez.

Ese día todo el mundo se olvidó de Cabezas. Claramente. Y a muchos no les dio vergüenza el olvido.

Ni Clarín, ni Página 12, ni La Nación ni Crónica pusieron en tapa el suceso, al día siguiente. Fin del «No se olviden de Cabezas». Nos olvidamos del sentido de su muerte, aunque todos los 25 de enero lo recordemos a él.

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