• Diario 5 -Buenos Aires, lunes 22 de julio de 2024

Continuando con el viaje por las responsabilidades que envuelven a la figura de los jefes de gobierno porteño, hacemos una primera para en la inabarcable estación de las necesidades verdes de mantener la vida en la metrópoli sin perder el vínculo con todos los aspectos del engranaje de sostenibilidad que, hoy por hoy, resulta vital para nuestra calidad de vida.

Para las grandes ciudades de todo el mundo, el cambio climático es agenda en alerta. plantea interrogantes y afecta aspectos de la vida urbana, muchas veces, sin aviso previo.

Es que las ciudades son cada vez más vulnerables a fenómenos climáticos de lo más comunes. De manera que cuando son extremos como huracanes, olas de calor, inundaciones e incendios forestales, el tramo que va desde el eventual caos organizativo a la tragedia, puede llegar a ser corto.

Hoy la palabra resiliencia ha pasado a ser comprendida en todos los ámbitos. Por eso es fácil de entender que una planificación urbana debe incorporar «infraestructura resiliente» al clima. Los gobiernos de los grandes conglomerados urbanos como el porteño ya están acostumbrados a manejar sistemas de alerta temprana y preparación para emergencias. Muchas personas y hasta organizaciones políticas, sociales y entidades han demostrado poca empatía con invertir en infraestructura verde pero pronto será tema de todos los días en las grandes ciudades: hablamos de pavimentos permeables y «techos verdes» para aminorar la corriente de desagüe (escorrentía) de las aguas, especialmente tras grandes lluvias.

En Buenos Aires y en toda América del Sud estamos aprendiendo el concepto de «Islas de calor urbanas». No es otra cosa que el resultado de la concentración de edificios y actividades humanas. Las temperaturas son altas en las ciudades en comparación con las áreas circundantes.

Se necesita más espacio verde en todas partes. Su implementación, el aumento de la cobertura de copas de árboles y la promoción de materiales frescos para los techos pueden mitigar el efecto de isla de calor. Todo tiene que estar acompañado con un diseño urbano inteligente. Buenos Aires puede optimizar su ventilación y el flujo de aire.

Se conoce que el aumento del nivel del mar hace que ciudades costeras enfrenten un riesgo que amenaza sus infraestructuras, propiedades y hasta genera desplazamiento de poblaciones. El Río de la Plata, hasta ahora, sólo genera alertas con sus sudestadas, muchas veces de gran estridencia, aunque incomparables con los arrasadores efectos de las ciudades marítimas de zonas sísmicas.

No obstante, para todos caben las reglas de la prevención y la seguridad urbanas: la solución está, casi siempre, en la construcción de defensas marítimas y la elevación de estructuras. Sabemos que en zonas como Quilmes, San Fernando y algunos punto de la costanera porteña, algunas de esas obras podrían ser una solución definitiva.

Pero una vez que las costas cuenten con sus mejoras estructurales, el paso que siempre da la certeza final a la población de que se vela por ella: la implementación de regulaciones de zonificación para limitar «desarrollos innecesarios» en áreas costeras vulnerables. Siempre una planificación a largo plazo para la creación de barreras artificiales implica una retirada controlada de las aguas en zonas de riesgo.

Nuestro alto consumo de energía contribuye a las emisiones de gases de efecto invernadero y al cambio climático. Las nuevas generaciones (sí, los chicos de las escuelas primaria y secundaria) conocen sobre estos temas mucho más que los mayores. Ellos estudian y toman conciencia de la cada vez mayor necesidad de adopción fuentes de energía renovables para mejorar la eficiencia energética en los edificios.

Detrás de eso, los gobiernos deben sacar cuentas y ver cuánto es necesario invertir en transporte público eléctrico, el único verdaderamente sostenible. Cuando Buenos Aires eliminó sus tranvías y trolebuses, cometió un pecado que aún hoy sigue pagando.


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