• Diario 5 -Buenos Aires, martes 23 de julio de 2024

La Primera Gran Mentira Argentina

PorMarcelo Zanotti

Feb 3, 2023

La Primera Gran Mentira Argentina

Con respecto de la Asamblea del Año 13, el famoso primer encuentro político patriota sin la injerencia de la corona española, se han expresado demasiadas incoherencias que responden a intereses con sendos molinos recibiendo agüita por el talento de sus respectivos operadores.

Por supuesto que era necesario poner alguna piedra basal de una nación. Y sus dirigentes se llenaban la boca con la palabra “libertad” pero tenían esclavos a su servicio.

A su vez, discutiendo asuntos “fundamentales y fundacionales”, nos adelantábamos a otros países de América, lo que podía representar una valiosa ventaja, política, social y económicamente hablando pero se alimentaban expectativas en el comercio europeo, siempre dispuesto a pagar las coimitas que fueran necesarias para hacer ingresar sus manufacturas con comodidad y demostrar que la revolución industrial no era un rumor: querían vender, vender y vender.

En toda América del Sud, Inglaterra, Francia y la mismísima España, lograban eliminar toda competencia local posible. Incluso si había que barrer con los modestos mercados de producción artesanal que sostenían las economías provinciales, avanti. El escritor e investigador gastronómico Manuel Corral Vide, cuenta que eso es exactamente lo que ocurrió con las pavas santiagueñas de cerámica, cuando los ingleses, viendo el consumo de este elemento para calentar agua para tomar mate, comenzaron a ofrecer un producto especialmente fabricado para su comercialización en las Provincias Unidas del Río de la Plata: la pava metálica. No hubo hogar, en el país de aquellos tiempos, que no haya comprado, por lo menos, una pava de fabricación británica.

Por otro lado y ubicándonos en nuestros tiempos, desde hace un par de décadas “garpa” señalar a Bartolomé Mitre, en su faz de historiador, como el responsable de haber minimizado los valores que la Asambles del Año 13 propugnaba. Desde el corazón del revisionismo a muchos se les cae cierta baba retroactiva al remarcar que cuando transfirió a los libros de historia los avances que esta convención política había generado, apenas Don Barto mencionó algunos pequeños beneficios comerciales para el país y no demasiado más.

Pero así como vemos moscas en la clara, vemos también las pulgas en la yema del mismo huevo.

Todo el universo político, sin excepción, y especialmente los diputados que se encontraban presentes en la asamblea a punto de dirimir cuestiones tan sensibles para el futuro de una nación que se estaba formando, sabían que el General José de San Martín se encontraba junto a sus pelotones de granaderos, algunos de a caballo y otros no, subiendo hacia el norte por los caminos paralelos al margen occidental Río Paraná, procurando tener un encuentro, sable en mano, con un importante batallón realista que se aprestaba a intentar abrir camino hacia la contrarrevolución.

Finalmente, el encontronazo parecía estar muy cerca cuando el grupo patriota salía de la Ciudad de Rosario. Los chasquis iban y volvían permanentemente con misivas de singular valor para el Estado de las Provincias Unidas, lo que en la época moderna equivale a los “Documentos Clasificados”. La Asamblea conocía los pasos de sus militares, mientras que esa cúpula castrense estaba al tanto de las horas especiales que se vivían en el recinto del Consulado de Buenos Aires, donde los representantes de las provincias procuraban ponerse de acuerdo en elementos básicos para poner en marcha un país.

Y en ese país había esclavos. Durante varios días el planteo de la abolición de la esclavitud rondó en los diálogos interpersonales de los participantes. Mucho se ha escrito acerca de los intereses que terminaron imponiéndose, siempre vinculados al repugnante comercio de personas.

El tema era tan delicado y tan importante, que no pudo ser llevado adelante en su totalidad (la abolición) entre otras cosas porque no todas las provincias estaban representadas, a lo que se sumaba un conflicto con la Banda Oriental, siempre basado en el centralismo de Buenos Aires, que terminó presentándose como el antecedente más claro de la separación uruguaya que vendría pocos años más tarde.

Se discutían muchos asuntos políticos en los pasillos del Consulado antes de iniciar cada una de las sesiones que conformaron el bloque global de la Asamblea, que se había iniciado el 31 de enero. Pero hubo un tema tratado con pericia y observado por los presentes con gran sigilo: todos los diputados sabían que la inmensa mayoría de los soldados que San Martín llevaba al frente de batalla para enfrentarse con los realistas, eran étnicamente afro. Eran negros, es decir, eran esclavos.

La tensa realidad y la tentación política amalgamaron una idea que terminó transformándose en el más impresionante modelo de demagogia para todas las decisiones de esta característica, que se sucedieron a través de la historia Argentina a manos de todos los gobernantes que sintieron el mismo cosquilleo tentador.

Los chasquis traían la noticia de que las columnas al mando del General San Martín tomaban posición en los alrededores del convento de San Lorenzo, junto al Río Paraná. Enterados de esta situación y con tiempo suficiente como para votar por una determinación importante y enviar de inmediato un mensaje “alentador”, decidieron hacerlo del modo más directo.

El mensaje con la sanción de la Ley lo tenían que recibir los soldados ya dispuestos, ahí mismo, in situ, a defender la Revolución que había hecho nacer la Patria por la que era altamente probable que dieran su vida ahí mismo.

Dada la imposibilidad de sancionar el proyecto que traían los abolicionistas, nació un acuerdo con una medida “intermedia” suscrita por la mayoría de los representantes. Había que llevarles alguna noticia a esos afroargentinos que iban a ir a enfrentar las bayonetas enemigas. Muchos de ellos habían dejado en Buenos Aires y los pueblos de los alrededores a sus familias de esclavos, incluyendo esposas embarazadas.

Allí estaba la clave.

Esa era la fibra vulnerable para tocar.

La política Argentina estaba a punto de plasmar una de sus primeras grandes hipocresías: no abolió la esclavitud pero estableció rápidamente una “Libertad de Vientres”, que alcanzó a ser transmitida, como la más épica de las arengas de guerra, antes de producirse uno de los hitos de la historia Argentina.

Aquel 3 de febrero de 1813, al día siguiente de que la clase dirigente les dijera que sus hijos no iban a ser esclavos en el suelo que ellos pisaban, la garra, la convicción y hasta la furia con la que los esclavos negros del ejército de la Revolución comandado por San Martín, salieron al campo, fueron un aporte de significativa estadística para ganar la batalla de San Lorenzo.

Si bien podía considerarse un paso importante en materia de “Derechos Humanos” (un concepto inexistente para la época), la “Libertad de Vientres” fue más una cucarda para los participantes y para darle a la asamblea el sustento político que estaban esperando, ofreciéndole a una parte de la población una supuesta medida “prometedora”, cuando lo que se observa en segundo plano es un tácito plan macabro.

Como resultado final, en la realidad, nos encontramos con que la épica medida terminó por hacer agua.

¿Por qué?

La abolición definitiva de la esclavitud llegó recién 40 años más tarde, en 1853, con la sanción de la Constitución. Ya para entonces, la casi totalidad de la población de esclavos en la Argentina, había ido muriendo en las innumerables batallas.

Tanto en las contiendas por la Independencia como en las de las guerras civiles entre Unitarios y Federales, todos los jefes militares posicionaban a los negros en la primera línea de fuego, conformando el genocidio más silenciado de la ultra hipócrita historia de un país que, recién en estos tiempos comienza a comprender que, donde el Himno Nacional lo conmina a repetir “ved el trono a noble igualdad”, le hace decir una estúpida canallada y lo fuerza cínicamente a ser cómplice de mentiras imperdonables.

 

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