• Diario 5 -Buenos Aires, sábado 21 de mayo de 2022

El 3 de febrero podría ser considerado el día de la hipocresía argentina.

El 3 de febrero de 1813, en el convento de San Lorenzo, asistentes del general José de San Martín estimulaban a los afroargentinos que se disponían a ir -literalmemte- al frente en la batalla, porque en el ámbito de los alfabetizados e intelectuales de las Provincias Unidas del Río de la Plata ya no era sólo un rumor que estaba por sancionarse la ley de Vientres, que dejaba libres a los hijos de los esclavos.

Sumando la propia arenga del jefe, casi siempre haciendo referencia legítima a los sueños de Libertad de los criollos y de todos quienes aspiraban a cumplir sus anhelos en esta tierra, todo el batallón pasó a sentirse más fuerte. No era para menos: una noticia de las características de la que estaba ganando las calles y los caminos de la Patria por entonces, daba para grandes emociones. Los realistas ya venían desconcertados y los defensores de la Revolución de Mayo tenían todo para ganar.

Y ganaron, enhorabuena.

Pero como lo cortés no quita lo valiente, recordar que aquella tarde los soldados negros se dieron cita a sangre y fuego en las vísperas del día más importante del -eventual, y si sonbrevivían- resto de sus días, alimenta la ultra necesaria visibilidad de las grandes verdades de la Argentina, un país que -merced a sus gobernantes, durante dos siglos- no cumplió con las esperanzas y las expectativas del Pueblo en general.

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Como si todo fuera poco, el 3 de febrero de 1952, una sangrienta batalla de una guerra civil jamás reconocida en su dimensión real, pone supuesto fin a un tiempo de mucha agresión entre adversarios políticos. La distensión abre la posibilidad de sancionarle una constitución a una nación muy incipiente, sin madurez y – también hay que remarcarlo- con los hacendados y latifundistas más ricos del mundo, porque en el reparto de campos por parte de los conquistadores, primero y de los administradores criollos, después, fueron beneficiarios de tierras cuyas dimensiones superaban en hasta 200 veces las dimensiones de los campos más grandes asignados a pioneros de norteamérica.

Era la Batalla de Caseros, la divisora de los tiempos, la del deschave de que en la Argentina había dos maneras de pensar que no permitían a sus protagonistas poner el bien común por encima de todo. Para aquella época era muy arriesgado decir que eran irreconciliables. Había mucha esperanza y mucho trabajo por hacer, que -lamentablemente- nadie supo ordenarlo. Nunca.

Nunca es nunca. Pero los argentinos somos tan soberbios que creemos que los líderes que a nosotros nos gustan fueron la excepción.

El convertir al adversario en enemigo es una costumbre argenta que aportó un gran porcentaje de las frustraciones históricas en esta tierra. Es horroroso comprender cómo sobre el cementerio donde enterramos una y mil veces el temple y la razón, haya quienes aseguren -casi siempre para rapiñar simpatías electorales- que el argentino es un pueblo solidario. Los verdaderos argentinos solidarios son las excepciones a la regla, mientras que la participación masiva en colectas a beneficio y grandes cruzadas por los necesitados con recaudaciones importantes, habla de sensibilidad y acción caritativa de un buen número de personas, pero no de solidaridad, que significa otras cosas, muy diferentes a poner dinero para un fin altruista, poco o mucho, cuando convoca la televisión.

Se le puso «Parque 3 de febrero» a lo que fueron los jardines de la residencia de Juan Manuel de Rosas, cuando el Estado expropió el predio. La idea fue de Sarmiento. El mismo Rosas, en su exilio en Inglaterra- fue uno de los primeros en enterarse del nombre que se le pondría a su viejo rosedal.

No era necesario el nombre de la fecha de una batalla de guerra civil.

En Caseros, con el acto violento mayor en el que un grupo se impone al otro por las armas, durante un tiempo, la violencia se redujo

La doble recordación, incluyendo a San Lorenzo, una de las batallas respetadas en la historia argentina y a Caseros, un emblema que abrió camino a la República, nos lleva a comprender que el 3 de febrero no es una fecha que a la población de este país no le debería inspirar un pecho inflado, sino, más bien y para no ofender a nadie- una cuidada indiferencia.

Una fecha controvertida

 

 

 

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