• Diario 5 -Buenos Aires, sábado 21 de mayo de 2022

Polémica: ¿Ofrecer disculpas o pedirlas?

Al aparecer una noticia que indica que, siendo cardenal, el hoy Papa Emérito Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, conoció – mientras era la máxima máxima autoridad de la Iglesia alemana- el caso de un sacerdote acusado de pedofilia.

Aparece, entonces, en estos días una información que indica que en un comunicado de la agencia de noticias católica KNA alemana, Monseñor Georg Gaenswein, histórico secretario de Benedicto XVI, dijo que el Papa en retiro desea aclarar que él -de hecho- estaba en la reunión de enero de 1980 entre funcionarios locales de la Iglesia en que se discutió la transferencia del sacerdote a Munich. Agregó que Benedicto XVI «ofrecía disculpas» por el error «editorial» original.

No estamos aquí para analizar la condena socia que se le viene encima al ex-vicario de Cristo en la Tierra (suena raro, ¿no?)

Estamos para asegurar, a pesar de las mil inconsistencias que se escuchan decir y de las que también se ha hecho eco la Real Academia española, para ahorrarle papelones a muchos de los amigos de sus directivos e incluso a ellos mismos, que las disculpas no se ofrecen. Se piden y luego se espera a conocer el veredicto del ofendido. Y aunque no hubiera quien se encargara de proveer el perdón por el daño causado, el actuante no debe atribuirse el derecho de «dar vuelta la tortilla» para evitar un mal momento.

«Ofrecer» una disculpa es presentarse como un valiente que saca pecho ante una adversidad, es jugarla de gran persona, es mostrarse como una dama de principios, es un caballero que cede terreno, es una persona con códigos nobles, con ética, con dignidad….

Las pelotas!

Ofrecer disculpas y no pedirlas es una jugada política muy hipócrita, rayana en el cinismo. Se trata de un problema de sencillo corte humano en el que -como pocas veces- no hay mucho espacio para grises: se es o no se es y debemos aceptar que nuestra actitud «se note».

Pedir disculpas es ponerse en una situación muy incómoda. Para muchos es una escena de banquillo de los acusados, indiscutiblemente fea desde cualquier posición personal.

Al ofrecer, se controla la situación. No caben dudas de que las personas que ejercen algún poder, por más que se manden una cagada magna, nunca piden disculpas porque, al ofrecerlas, hasta con dudosísima sinceridad, aún consiguen convencer.

Por lo tanto, «ofrecer» disculpas, con cierta «muñeca» oratoria o literaria, puede transformar la imagen de un victimario en la de un héroe, un modelo o un ídolo.

A la persona que entiende que cometió un hecho condenable no le puede caber la soberbia de una supuesta facultad de manejar disculpas y perdones que debería -si cabe- recibir por parte de quienes estén dispuestos a brindárselos y nunca al revés.

Al presidente Fernández, cuando se conoció la celebración de Olivos se le escuchó decir «me disculpo«.

¿Perdón? ¿»Me» disculpo, dijiste? Estás conceptualmente equivocado, Alberto. Es exactamente al revés: Si el Pueblo está con onda, «te» disculpa a vos. Vos, si querés disculparte a vos mismo, es un tema tuyo y no le importa a nadie. Ni a tu perro Dylan. Lo que tiene algo de valor es pedir las disculpas. Digamos: vos «me» pedís disculpas a mí, que soy la sociedad. Eso es lo correcto. Y el tema cierra ahí, porque no va a haber nadie que -en nombre del Pueblo argentino- vaya a Olivos a decirte «te perdonamos, presi».

Hace falta mucha dignidad para asumir públicamente los hechos que nos avergüenzan. Ratzinger y Fernández no la tuvieron, pero encontraron una formulita lingüística disponible para que los tipos como ellos puedan amortiguar un poco el sacudón que los revela como tramposos y los transforma en indeseables.

Los dignos piden disculpas. Los otros, las ofrecen

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URUGUAY

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BRASIL
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PARAGUAY
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CHILE
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COLOMBIA
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PERU
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BOLIVIA

 

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