• Diario 5 -Buenos Aires, lunes 20 de septiembre de 2021

Cada día conspira mejor

PorMarcelo Zanotti

Sep 6, 2021

Un buen ejercicio de memoria sustentable superaría nuestras jactancias de memoria política y mejoraríamos el país que le va a quedar a los nietos de los que hoy se hacen los tontos discriminando un pasado del otro.

Pertenecemos a una generación que considera que el tiempo que nos tocó vivir es más importante que otros. Sólo por el hecho de que somos nosotros. Sobre todo, con respecto de los sufrimientos y la pérdidas. Estamos seguros de que lo que perdimos y lo que sufrimos nosotros es más abarcativamente trascendente -en pos de la recuperación de la vida que nos merecemos- que lo que les tocó perder y sufrir a nuestros padres, abuelos y ancestros.

Ese criterio se adueñó de la Argentina -tal como lo decíamos- en sólo una generación: la de la democracia definitiva. Como si se tratara de que la lucha que tuvimos afrontar para su recuperación fuese el acto épico de la construcción integral de una nación, como si el resultado que nos dejó la repugnante dictadura 76-83 fuera el capítulo de la vida humana que le siguió al big bang.

Claro que sufrimos y seguimos soportando!

Por supuesto que la seguimos peleando, porque los que se suceden en el mando no se portan demasiado mejor que la escoria castrense y se escudan en que son parte del «colectivo institucional de la república», es decir, individuos que, a través de las normas vigentes, desarrollan el ejercicio político que los habilita a pedir que los voten.

Pero si la memoria que pretendemos mantener viva para que no se repitan hechos aberrantes fuera un poco más allá del 24 de marzo de 1976, alcanzaríamos a obtener resultados más completos en nuestros objetivos.

¿Por qué?

Jamás habrían existido los golpes de Estado de 1943, 1955, 1958, 1966 y 1976, si se hubiera peleado, condenado, repudiado o – aunque sea- escupido con la suficiente energía contra el golpe del 6 de septiembre de 1930.

Pero ciertos juegos «psicológicos» le torcieron la opinión al pueblo digno. Es curioso: hoy, que tanto nos llenamos la boca acerca del poder nocivo de los medios de comunicación a la hora de «defender o no» los intereses comunes a todos, no tomamos en cuenta lo que hicieron en aquella oportunidad: Natalio Botana, del Diario Crítica fue un declarado operador del golpe de Estado contra el gobierno de Hipólito Yrigoyen.

De Botana o Putana se puede -quizás- entender (¿quisimos decir «aceptar»?). El golpista inconcebible se llamó Carlos Gardel, que le encargó a Francisco Garcóa Giménez que le escriba un «tanguito patriota» (lpqlp). El talentoso y pelotudo poeta le mandó la mercadería:

«La niebla gris rasgó veloz el vuelo de un avión
y fue el triunfal amanecer de la revolución.
Y como ayer el inmortal 1810,
salió a la calle el pueblo radiante de altivez.
No era un extraño el opresor cual el de un siglo atrás, pero era el mismo pabellón que quiso arrebatar.
Y al resguardar la libertad del trágico malón, la voz eterna y pura por las calles resonó:

!Viva la Patria!, y la gloria de ser libres.
!Viva la Patria! que quisieron mancillar.
!Orgullosos de ser argentinos al trazar nuestros nuevos destinos!

!Viva la Patria!
de rodillas en su altar.
Y la legión que construyó la nacionalidad nos alentó, nos dirigió desde la eternidad.

Entrelazados vio avanzar la capital del Sur soldados y tribunos, linaje y multitud.
Amanecer primaveral de la revolución, de tu vergel cada mujer fue una fragante flor, y hasta tiñó tu pabellón la sangre juvenil haciendo más glorioso nuestro grito varonil».

Una mierda.

Muerte y más muerte trajo ese puto golpe de Estado. Hubo pena de muerte para detractores, opositores, o simpatizantes del gobierno democrático caído. Muertes tan importantes como las posteriores, las que respeta nuestra generación como si fuesen las únicas de la patria.

Cada día conspira mejor

Memoria sustentable

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