¿Quién para la discusión?

PorMarcelo Zanotti

May 4, 2021
¿Quién para la discusión?

Muchos están fascinados con la actitud de la vicepresidente Cristina Kirchner, ante el anuncio que Esteban Bullrich hizo acerca de su enfermedad. La frase «La confrotación política no debe deshumanizarnos» es correcta y está muy bien que se la recuerde.

Otros, viendo que -permanentemente- Horacio Rodríguez Larreta se manifiesta a favor de mantener el diálogo por encima de la s posibles rupturas con el gobierno central, aplauden con alto beneplácito una actitud «tan republicana».

Babearse por la muestra de solidaridad de la presidente del Senado con un miembro de la oposición, es una de las tonterías cívicas más comunes en las que suelen caer los fanáticos politiqueros de siempre, mientras que aplaudir exageradamente la sobreactuación del Jefe de Gobierno porteño cuando el desorientado primer mandatario se embarra lanzándole un dardo.

Desde hace 30 años y hasta hace 20, es decir, en los años menemistas, hubo un operador de aquel gobierno que slía a los canles de TV a apagar los incendios que se producían en aquella circense administración, especialmente cuando se vislumbraba alguna nueva pérdida entre los roles del Estado, debido a la incontenida ola de privatizaciones. Ese hombre, Secretario de Cultura entre 1994 y 1997, era Jorge Asís. En general, los grandes reclamos de las huestes opositoras de entonces, desfilaban semanalmente en el programa de -aunque parezca raro- Mariano Grondona.

Cuando las papas quemaban en el menemismo, allí iba Asis a poner la cara, públicamente, y dar explicaciones políticas de todo lo que generaba ruido. El televidente, en general, quedaba satisfecho, dado que la popularidad de un gobierno que «había puesto plata en la calle» -entre créditos, rentabilidad de la venta de las «joyas de la abuela» e inversiones golondrina- se mantenía bien alta, pase lo que pase extramuros.

El otrora funcionario, por entonces se dedicaba a hablar para apaciguar. Muy diferente es la actitud que en la actualidad adopta el escritor y periodista, en las noches televisivas a las que se lo invita para analizar la rosca política. Con un encantador estilo dialéctico, las definiciones de quien -eventualmente- firma como Oberdan Rocamora, están muy lejos de propiciar unidad o calma entre los protagonistas de la política. Si bien es natural entender las refriegas interpartidarias e -incluso- las internas, Asís se regodea de poner de manifiesto los malos vínculos entre políticos, sindicalistas, empresarios, jueces y obispos, con tal de demostrar cuán lejos alcanza el periscopio de su submarino, siempre encendido para visualizar, antes que nadie, acuerdos, negociados, conspiraciones y traiciones.

La grieta de la que todos habla, es la más que pequeña que se puede vislumbrar en la Argentina. La más grande, no puede ser visualizada por quienes se sumergen embobados en participar de la que se les ofrece desde el poder. Les resulta divertido estar del lado del «proyecto Nacional» o del de «Los Medios». Pararse en cualquiera de esos puntos es estar lejos, muy lejos de tomar la cincha y hacer algo por la Argentina, que requiere, primero. que alguien pensante e independiente les haga entender a los dos grupos juntos que tiene la oportunidad de dejar de ser la lacra destructiva de un país, discutiendo por asuntos del Siglo XIX, mientras los trabajadores siguen perdiendo derechos, mientras la industria pasó, mayoritariamente, a ser una cáscara armadora pero nos dicen que estamos en el camino del desarrollo y mientras la educación que los docentes dicen defender se reduce cada vez a menos gente que -a este ritmo- será la que pueda subsistir a la inconmensurable miseria hacia la que se dirige nuestro país en 2050.

La discusión sólo puede pararla quien convenza a todos de que los equivocados no son solamente los adversarios, sino nosotros también. No es ni un dictador de derecha ni un mesiánico de izquireda, no alcanza con la doctrina de Perón ni el equilibrio de Alfonsín. Descartados la hegemonía desgastante de La Cámpora y elmentiroso «Sí, se puede» del macrismo. Pero hay algo más difícil: al argentino, con tal de sentirse protagonista, le encanta criticar a los que saben y -si es necesario- o te cacerolea o te quiere cagar a piñas. Con eso, se siente -según la orilla de la minigrieta en la que se pare, un «independiente» o un «revolucionerio». Es lo que hay. Y somos nosotros mismos. Agua y ajo.

¿Quién para la discusión?

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